Pocos pacientes llegan a la consulta pensando que tienen un diente “muerto”. Lo habitual es creer que, si ya no duele, todo va bien. Sin embargo, cuando hablamos de necrosis pulpar, la realidad es justo la contraria: la desaparición del dolor no significa curación, sino que la pulpa del diente ha perdido vitalidad y la infección sigue avanzando.

Por esto mismo te explicamos qué soluciones podemos darte para ello y si tienes alguna podemos asesorate, pide tu cita.

Qué es la necrosis pulpar

Cada diente tiene en su interior un espacio muy pequeño, protegido por capas de esmalte y dentina. Allí se encuentra la pulpa dental: un tejido blando compuesto por nervios y vasos sanguíneos. Esa pulpa es la que permite que el diente sienta calor, frío, presión… y la que mantiene con vida toda la estructura.

Cuando por alguna causa esa pulpa muere, hablamos de necrosis pulpar. El diente permanece en la boca, pero ya no está vivo. El gran problema es que el tejido necrosado no desaparece solo, sino que se convierte en un foco de bacterias que pueden extenderse hacia la raíz y el hueso.

necrosis pulpar

Por qué ocurre

La causa más habitual es la caries profunda. Una lesión que no se detiene a tiempo perfora el esmalte, atraviesa la dentina y llega a la pulpa, destruyéndola poco a poco. Pero no es la única.

Los traumatismos también juegan un papel importante. Un golpe fuerte en los incisivos durante un partido de baloncesto, una caída en bicicleta o incluso un accidente de tráfico pueden dañar el nervio aunque no se vea nada desde fuera. Al cabo de los meses, el diente cambia de color como a dientes grises o negros y la necrosis queda al descubierto.

Otra causa frecuente es la evolución de una pulpitis no tratada. La inflamación inicial produce dolor intenso, pero si el paciente no acude al dentista, la pulpa acaba muriendo. También influyen factores como el bruxismo, que somete al diente a un estrés constante, o empastes antiguos que, con el tiempo, filtran bacterias hacia el interior.

Síntomas que sorprenden

La necrosis pulpar tiene una particularidad que desconcierta: al principio duele mucho y después no duele nada. Es decir, el paciente pasa de noches de dolor a una falsa calma. Lo que en realidad ha ocurrido es que el nervio ha dejado de responder.

A partir de ahí, empiezan a aparecer cambios visibles. El diente necrosado suele oscurecerse: primero adquiere un tono amarillento, después grisáceo y en fases avanzadas incluso marrón o negro. Es uno de los signos más evidentes para el propio paciente.

Otro síntoma común es el mal aliento o el mal sabor de boca. Por más que se cepille, la sensación vuelve, porque proviene de la descomposición de la pulpa en el interior del diente.

En fases posteriores, la infección busca salida hacia la encía. Aparece entonces la llamada fístula: un pequeño bulto que supura pus de forma intermitente. Muchos pacientes lo describen como “un granito que va y viene”. Aunque no siempre duele, es señal clara de que hay una infección activa.

También puede aparecer sensibilidad al morder o al golpear suavemente la pieza, como si el diente estuviera “más largo” o “flojo”. Y en los casos más graves, la inflamación se extiende: la encía y hasta la cara se hinchan, puede haber fiebre y el malestar general obliga a buscar ayuda de urgencia.

Cómo se diagnostica en la radiografía

El examen clínico da muchas pistas, pero la confirmación llega con la radiografía. Un diente necrosado suele mostrar una zona oscura alrededor de la raíz, conocida como lesión periapical. Esa sombra significa que el hueso se está destruyendo por la infección.

En algunos casos se observa además la desaparición de la lámina dura, la línea blanca que debería rodear la raíz, o un engrosamiento del ligamento periodontal.

Para obtener toda la información, el odontólogo puede recurrir a distintos tipos de radiografía. La periapical es la más detallada para un diente concreto. La ortopantomografía (radiografía panorámica) muestra toda la boca y permite ver si hay más piezas afectadas. Y cuando la lesión es compleja, la tomografía computarizada (CBCT) ofrece una visión en tres dimensiones, muy útil para planificar el tratamiento.

Además de la imagen, se realizan pruebas de vitalidad. Se aplica frío, calor o estímulos eléctricos en el diente. Si no hay respuesta, la necrosis queda confirmada.

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Tratamientos disponibles

Una vez diagnosticada la necrosis pulpar, no hay vuelta atrás: la pulpa no se regenera sola. El tratamiento consiste en eliminar el tejido muerto, desinfectar el interior y devolver estabilidad al diente o, si no es posible, reemplazarlo.

La opción más frecuente es la endodoncia. Durante el procedimiento, el odontólogo accede al interior del diente, limpia los conductos con limas muy finas, desinfecta con líquidos específicos y finalmente sella todo el espacio con un material biocompatible. Es un trabajo minucioso, pero permite conservar la pieza durante muchos años. Si ya se había realizado una endodoncia y no funcionó, es posible repetirla en lo que se conoce como reendodoncia.

Cuando la infección se localiza en la punta de la raíz y no mejora con la endodoncia convencional, se recurre a la apicectomía. Es una pequeña cirugía que elimina el extremo de la raíz junto con la lesión. Después se sella el conducto desde abajo para impedir que la infección regrese.

En los casos en los que el diente está demasiado dañado o el hueso se ha perdido en exceso, la única solución es la extracción. Aquí el implante dental se convierte en la mejor alternativa. Funciona como una raíz artificial sobre la que se coloca una corona que imita al diente natural tanto en estética como en función. Hoy en día, en muchos pacientes es posible colocar el implante de forma inmediata tras la extracción, reduciendo tiempos y evitando que el paciente se quede sin pieza visible.

Qué pasa si no se trata

Dejar un diente necrosado sin atención es arriesgado. Aunque no duela, la infección sigue avanzando. Puede provocar abscesos dolorosos, pérdida progresiva del hueso que rodea la raíz o movilidad de la pieza hasta que finalmente se pierde.

Además, la infección no siempre se queda en la boca. Es habitual que se extienda a los senos paranasales, provocando sinusitis de repetición, o que alcance los tejidos blandos de la cara, causando celulitis facial. En pacientes con enfermedades sistémicas, como diabetes o problemas cardíacos, el riesgo de complicaciones graves aumenta considerablemente.

Un ejemplo lo ilustra bien: un paciente con un incisivo necrosado que no trató a tiempo terminó con una inflamación que afectó a la cara y necesitó antibióticos intravenosos en el hospital. Todo por un diente que, durante meses, no le había dolido.

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Tiempo de recuperación

El tiempo de recuperación varía según el tratamiento. Tras una endodoncia, el paciente puede retomar su vida normal el mismo día, aunque es habitual sentir pequeñas molestias durante 48 a 72 horas. En una apicectomía, la cicatrización completa requiere unas dos o tres semanas. Y en el caso de la extracción con implante, el proceso es más largo, ya que el implante necesita varios meses para integrarse al hueso, aunque mientras tanto se puede llevar una prótesis provisional.

Sea cual sea la opción elegida, el seguimiento posterior es esencial. Las radiografías de control permiten comprobar que la infección ha desaparecido y que el hueso empieza a regenerarse.

Cómo prevenir la necrosis pulpar

La mejor estrategia siempre es evitar llegar a este punto. Las revisiones periódicas cada seis meses permiten detectar caries incipientes antes de que alcancen la pulpa. Tratar un golpe dental, aunque parezca menor, puede salvar la vitalidad del nervio. Y en pacientes con bruxismo, una férula de descarga es fundamental para proteger los dientes del desgaste excesivo.

La prevención no solo evita tratamientos complejos y costosos, también aporta tranquilidad. Un simple control rutinario puede marcar la diferencia entre conservar el diente o perderlo.

Porque un diente que ya no duele no siempre es un diente sano. Puede ser, de hecho, el que más atención necesita, por eso mismo pide tu cita hoy mismo.

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